Conjunto Histórico de la Villa de La Orotava

Sin definir
Descripción: 

ANUNCIO: BOC Nº 045. Viernes 4 de Marzo de 2005 - 311

El 10 de diciembre de 1976 y mediante R. D. 3.302/76, la Villa de La Orotava fue declarada Conjunto Histórico Artístico. No obstante, la declaración no incluía ni la descripción gráfica y escrita ni el perímetro de protección. Ante tal situación y en cumplimiento de las determinaciones previstas en la Ley 4/1999, de 15 de marzo, de Patrimonio Histórico de Canarias, el 22 de febrero de 2005 y mediante Decreto 22/2005 del Gobierno de Canarias, se aprobó la delimitación del entorno de protección del Bien de Interés Cultural (BIC) bajo la categoría de Conjunto Histórico a favor de la Villa de La Orotava. 
El primitivo lugar de asentamiento poblacional que hoy conocemos como La Orotava, formaba parte del antiguo Menceyato de Taoro, uno de los nueve reinos aborígenes en que se encontraba dividida Tenerife hasta 1496, año en que finalizó el proceso de conquista de la isla. A partir de entonces, el conquistador Alonso Fernández de Lugo inició el reparto de tierras y aguas entre los beneficiarios de la Conquista, hecho que originó múltiples conflictos, dados los intereses creados en torno a un territorio caracterizado por la fertilidad de sus suelos y por la abundancia de sus aguas.

Ante la arbitrariedad con que el Adelantado Fernández de Lugo realizó la distribución inicial, y las reclamaciones surgidas por tal motivo, Fernando el Católico determinó el nombramiento de Juan Ortiz de Zárate como Juez Repartidor, cuyo mayor objetivo desde su llegada fue el de organizar un espacio urbano que dotara de identidad a la creciente Orotava. Dada la inaplazable necesidad de definir un espacio carente de ordenación, Ortiz de Zárate fijó los límites del primitivo núcleo "cabe la sierra, hasta las cabeceras de los cañaverales", al sur y al norte, y encomendó al regidor Diego de Mesa la tarea de trazar a cordel la delineación de calles. Este planeamiento urbanístico tomó como eje central a la ermita de Nuestra Señora de la Concepción, y fue efectuado en atención no sólo de las escasas viviendas existentes, sino también de industrias como los ingenios, los molinos y aserraderos que jalonaban la orografía del lugar de sur a norte.

A partir de ese momento comienza a gestarse la imagen urbana de La Orotava que alcanzará su definición durante el siglo XVII, siglo de esplendor de la localidad. Una imagen urbana marcada por las características topográficas de la zona, singularizadas por el acentuado desnivel del terreno así como por la presencia de un verdadero eje vertebrador de la primigenia trama urbana como era la acequia que conducía el agua desde las zonas altas hasta las tierras bajas de cultivo, atravesando el núcleo poblacional de sur a norte. Ese eje estaba definido por una serie de industrias productivas como los citados aserraderos, los ingenios azucareros y, sobre todo, por doce molinos hidráulicos de los que en la actualidad subsisten diez. 
Sobre este espacio se fundaron durante los siglos XVI y XVII ermitas y conventos vinculados a las familias terratenientes, que tenían el objetivo de consolidar núcleos de vecinos a la vez que establecían los límites del territorio y se erigían en referentes culturales para la alta sociedad orotavense, en el caso de los cenobios. Entre el desaparecido convento de San Lorenzo y el Llano de San Sebastián, tendría lugar el desarrollo inicial de La Orotava, erigiéndose durante esas dos centurias las mansiones de las clases dominantes y los recintos de las comunidades religiosas, establecidas en la localidad bajo los auspicios de aquellas. Ya durante el siglo XVII quedarán fundados los conventos femeninos de claras y catalinas, hoy desaparecidos, y el masculino de Nuestra Señora de Gracia, un cenobio de agustinos erigido por la Hermandad de las 

Doce Casas, como un símbolo de la consolidación del poder de la clase social dominante.

El núcleo poblacional de La Orotava fue creciendo hacia el sur, donde se encontraban los terrenos menos aptos para el cultivo, en torno al sector que en la actualidad se conoce como Villa de Arriba o barrio de El Farrobo. Allí se establecieron los estratos sociales menos favorecidos, compuestos por artesanos y campesinos, que desarrollaron tanto un urbanismo como una arquitectura contrapuesto al de la Villa de Abajo, a través de edificaciones modestas pero de similar valor patrimonial. Los hitos religiosos de la Villa Arriba serán la ermita de Santa Catalina, levantada a finales del siglo XVI, y la de Candelaria del Lomo, edificada en las postrimerías del XVII. Sin embargo, el núcleo religioso de la zona queda determinado por la conversión en parroquia de la primitiva ermita de San Juan Bautista en 1681, un hecho de vital importancia para la consolidación del asentamiento poblacional de las clases populares de la localidad.

Este crecimiento que experimentó La Orotava en su conjunto se debió en gran medida a la prosperidad generada por la exportación de vinos, lo que propició el progresivo enriquecimiento de la oligarquía local, que alcanzó un alto grado de influencia socioeconómica dentro del panorama insular. La principal consecuencia de ello fue la declaración de La Orotava como Villa exenta, tras las efectivas gestiones dirigidas por Juan Francisco de Franchi y Alfaro ante la Corte de Felipe IV. 
Si el siglo XVII había supuesto el momento de mayor esplendor dentro de la joven historia orotavense, la siguiente centuria marcó el declive de ese auge económico y social, motivado especialmente por la crisis en el sector de los viñedos, principal fuente de riqueza para la comarca durante las décadas precedentes. Ello originó un profundo estancamiento en el desarrollo de la localidad no sólo desde el punto de vista económico, sino también desde el punto de vista demográfico, mermándose el hasta entonces progresivo aumento de población, y la pérdida de la influencia que hasta entonces había representado La Orotava, como una de las ciudades más importantes a nivel insular. Sin embargo, desde un punto de vista arquitectónico, la Villa alcanzó un importante grado de desarrollo constructivo, siendo erigidas en esa centuria un importante porcentaje de las edificaciones de sesgo tradicional que hoy se conservan en el Conjunto Histórico de la localidad.

La situación anterior no variaría de un modo sustancial hasta el segundo tercio del siglo XIX cuando diferentes acontecimientos como la introducción del monocultivo de la cochinilla o la Desamortización eclesiástica, mejoraron de manera sensible el negativo panorama en el que se había visto inmersa la Villa durante el siglo XVIII. Por un lado, la explotación de la cochinilla – parásito de la tunera, utilizado para la obtención de colorantes - garantizó durante varias décadas la llegada de ingresos ocasionados por su exportación, hasta que, en torno a 1870, el triunfo de los tintes sintéticos en los mercados europeos sumieron de nuevo en una profunda crisis a los productores locales. Por otro lado, la definitiva exclaustración de los conventos en l836 ocasionó que las antiguas posesiones de las comunidades religiosas pasaran a ser propiedad del Estado y a ser administradas por los poderes locales. Desde entonces, las dependencias conventuales pasaron a cumplir diferentes funciones civiles ligadas a la consolidación de La Orotava como municipio, como la de cárcel, mercado, escuela, teatro, hospital e incluso cuartel, en una situación que se sucedió hasta bien entrado el siglo XX. Pero la adaptación de los recintos conventuales no sólo se limitó a una variación en sus usos, sino que también supuso el derribo de algunos de ellos para edificar sobre sus solares edificios de nueva planta, como sucedió con el convento femenino de San José, donde se construyó el Ayuntamiento durante los últimos años del siglo XIX, o con el convento también femenino de San Nicolás, donde a mediados del siglo XX se edificó la sede de Correos y la del Juzgado.

Ya durante el último tercio del siglo XIX, la crisis agraria motivada por el declive de la cochinilla originó la introducción de un nuevo cultivo de exportación como fue el del plátano, que desembocó en un nuevo período de auge económico para La Orotava durante las postrimerías del siglo XIX y las primeras décadas del XX. La boyante situación se vio rápidamente refrendada en la reforma urbana que experimentó el municipio durante aquellos años, donde la introducción del lenguaje ecléctico modificó ostensiblemente la imagen de una arquitectura hasta entonces dominada por el componente mudéjar. En este sentido, fueron muchos los edificios dieciochescos cuyas fachadas fueron enmascaradas por pantallas eclécticas, que variaron, casi por completo, la fisonomía de algunas vías representativas, como sucedió con la calle Carrera del Escultor Estévez.

Sin embargo la bonanza económica se vio interrumpida con la sucesión de conflictos bélicos que afectaron a Europa desde 1914 con el estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1936 con la Guerra Civil española y en 1939 con la Segunda Guerra Mundial. Todo ello generó un profundo estancamiento en el desarrollo económico y social de La Orotava del que tan sólo pudo sobreponerse a comienzos de la década de los años sesenta cuando la economía regional inició un despegue a raíz del desarrollo del turismo. Es a partir de este momento, y sobre todo en las décadas posteriores, cuando buena parte de la población activa se empleó en el sector servicios y de la construcción, vinculados a la industria turística emergente en el Puerto de la Cruz y en el Sur de la isla. 
No obstante, el auge del turismo no representó la transformación de la tradicional imagen urbana de La Orotava, como sí sucedió en núcleos poblaciones cercanos. Este hecho ha ocasionado en gran medida, la pervivencia de un Conjunto Histórico único en el Archipiélago, conservado bajo un signo de unidad monumental, caracterizado por la variedad estilística de sus edificaciones, notablemente adaptadas a un medio físico hostil, que configuran la imagen de un lugar poseedor de un carácter propio donde la arquitectura se erige en el símbolo iconográfico más representativo de su pasado histórico, de la evolución de un pueblo y de sus gentes, y en la seña de identidad que representa de un modo fiel y significativo, la personalidad de un municipio marcado por la conservación del legado de las sucesivas generaciones que han protagonizado su historia.